¡La Batalla Interna!

A veces funcionamos en estado de batalla, es decir, en nuestro microsistema interno, existen algunas partes que están atacando e invadiendo el espacio de otras. De hecho de forma bastante agresiva, en ocasiones, provocando un rastro de dolor y sufrimiento en las partes atacadas.

Sucede que hemos internalizado tanto el juicio y presión externa de cómo tenemos que ser, que cualquier cosa de nosotros que no encaje con ese estándar marcado es duramente atacado por nuestra parte “juzgadora”, haciéndonos sentir rechazados, no válidos, no suficientes… no aptos para ser amados.

Cuando el ataque interno es tanto que el espacio que coge el juicio sobre nosotros mismos es constante y violento, la parte atacada puede desfallecer, incluso llegando a desear dejar de existir, con tal de no sentir esta presión y dolor.

Es en estos casos donde la compasión resulta imprescindible y es el ingrediente básico para deshacer un conflicto que puede haber durado años. Primero necesitamos llegar a una tregua que nos permita parar unos segundos esta guerra y ahí desde la distancia poder mirar y conectar con estas dos partes en conflicto.

Es importante en este proceso reconocer y sentir compasión por la parte de nosotros que igual está siendo atacada, oprimida, no respetada, encapsulada en un molde, empujada, ridiculizada, reprochada, reprimida, no vista, no aceptada, no valorada. Tan solo siendo conscientes de que estamos haciendo esto con una parte de nosotros sea suficiente para poder cambiar y empezar a reconocernos y validarnos.

Sin embargo hay un paso también necesario que es el de la compasión con la parte que oprime, que ataca, que daña, que no respeta. Esta parte está cumpliendo con su cometido de tratar de convertirnos solo en lo aceptable y tratar de eliminar los aspectos en nosotros que no son aceptados por nuestro grupo de referencia, familiar principalmente y social.

Está tratando de convertirnos en una persona que sea todo eso que “se supone” que nos hará ser queridos y pertenecer y por tanto sobrevivir. Sin darse cuenta que en ese torpe intento, lo que consigue es que la parte atacada se sienta también torpe, bloqueada, asustada, anulada, invalida y dolida, con lo cual no mostrara más que esta versión al mundo que acabará disgustando a la parte atacante que volverá a contra atacar.

Sin embargo, esta lucha no ocurre solo internamente, si no que esta misma lucha se proyecta fuera, en nuestras relaciones externas.

Así la parte que necesita apoyo, cariño, amor… puesto que no lo está recibiendo internamente lo buscará fuera, poniendo la responsabilidad en los otros para que la salven de esta amenaza, o bien proyectará también en otros a su atacante interno, viendo amenazas, juicios y desvalorizaciones donde no las hay, llegando a crearlas, o manipulará al otro para que nos confirme que somos en efecto válidos.

La parte atacante, que no permite la imperfección, tampoco permitirá a otros que la muestren, sintiéndose por ejemplo incómoda ante muestras de mucha vulnerabilidad o siendo muy exigente con los demás, de forma interna o externa.

De aquí radica pues la importancia de ampliar nuestra consciencia de estos juegos internos, para poderlos identificar cuando ocurren, localizando cuales están siendo las necesidades de cada parte implicada, aprendiendo a tratarlas a ambas con compasión y cariño.

Esto una gran parte del trabajo terapéutico que hacemos en las sesiones que ofrezco. De hecho, considero esta función como una de las más bonitas y que me satisfacen más de mi trabajo como terapeuta. Poder ayudar a otros a cesar la guerra interna, a mediar y llegar acuerdos entre las partes implicadas, a que reine la paz y el respecto mutuo entre todas las partes que nos conforman, es realmente precioso, tanto que no se puede describir aquí.

Existe algo “mágico y contagioso” que se da cuando un ser humano se libera de la guerra interna, que hace que otros a su alrededor lo hagan. Así la paz, la serenidad, el bienestar… puede ir llegando a más y más personas.

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